
CAPÍTULO 12
El destello
El Equipo Doce ascendió en silencio hacia Vantis. La hilera de luces de casco, más apretada que en cualquier descenso anterior. Nadie habló.
EFECTIVOS EN MISIÓN: 7/8
PLANTILLA EQUIPO DOCE: 11/12
BAJA REGISTRADA — PROCESAMIENTO LOGÍSTICO PENDIENTE
014, canal privado:
—No fue por lo que dijiste. Fue por el tiempo que nos dieron. Que te quede claro.
Jules, unos pasos más atrás, no bajó la voz tanto.
—Llevabais avisando desde que llegamos al Ferro-Abisal. Cuando coordinación os ignoró, seguisteis trabajando. Todos seguimos trabajando. ¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que hicimos?
—¿Qué querías que hiciera?
—No lo sé. Algo más que anotarlo en un cuaderno que nadie más lee.
014 se giró hacia Jules.
—Ya basta.
Jules no dijo nada más. Pero durante el resto del ascenso, no volvió a mirar hacia donde estaba Zale.
Zale no respondió a ninguno de los dos. En el borde del visor, el hueco donde durante todas las inmersiones anteriores aparecía la lectura enlazada de Eco.
[—— sin señal ——]
Sala de desembarco de Corp. Un administrativo se acercó con una tablet.
—Los efectos personales del fallecido se procesan por logística. Puedo llevármelo ya, si quiere.
EQUIPO: DOCE
ESTADO: PENDIENTE DE RETIRADA
DESTINO: ALMACÉN LOGÍSTICO — RECICLAJE DE EQUIPO
Zale apretó el casco contra el pecho.
—No.
Nivel 7. El corredor N-07. Sor estaba ahí, tendiendo ropa. El corredor estaba en silencio. No tarareaba.
Sobre la mesa improvisada, el registro estaba abierto. Zale no se detuvo a leerlo entero — no hacía falta. La última línea, la tinta todavía más oscura que las anteriores:
Junto al registro, la pantalla de servicio de Sor seguía encendida con el parte que el sistema envía al responsable de cada nivel.
CAUSA: FATIGA DE MATERIAL — NO DETECTADA POR DIAGNÓSTICO ESTÁNDAR
OBSERVACIÓN (REGISTRO GENERAL · EMP. 1187): EXPOSICIÓN AMPLIADA ×1.5
// OBSERVACIÓN RETIRADA POR DIRECCIÓN
Alguien la había escrito. Alguien la había quitado. Y el sistema, por desgana o por error, había dejado las dos cosas a la vista.
Zale la leyó dos veces.
Sor no levantó la vista. Siguió doblando ropa.
El muro de apellidos grabados. WERNER arriba, desgastado. El suyo, debajo. Pasó de largo.
Llegó a su litera. Dejó los objetos en el suelo: el casco de Eco, VECTOR CORP en la placa frontal. El Calibrador, LED apagado. El pulsómetro, pantalla fija en cero. Una banda de material desgastado. Cuatro cosas que ayer tenían dueño.
Se sentó. Sacó el cuaderno. Lo abrió. La página en blanco. La pluma quieta sobre el papel.
No sé qué se escribe de esto.
Cerró el cuaderno sin escribir nada.
Bajó la vista a los objetos. Los había traído, los había dejado ahí, pero no los había mirado de verdad. Ahora sí. Cogió el Calibrador. Lo giró despacio — el mismo gesto diagnóstico de siempre, pero más lento. En el borde inferior de la placa frontal, arañado en el metal con algo afilado:
Haz que te escuchen.

Se quedó con el Calibrador en la mano, el pulgar sobre las letras.
Cogió el casco. Lo levantó a la altura de los ojos. Miró a través del visor desde fuera — como si mirara por una ventana a un sitio donde ya no vivía nadie. Después lo bajó.
La banda seguía en el suelo. La recogió. La giró.
071-N7
Eco la había llevado siempre. Zale se miró la muñeca desnuda.
Cuatro objetos. El cuaderno de Zale cerrado a un lado. Silencio.
Y entonces lo recordó. Mira. Sabía quién era para Eco. No sabía dónde encontrarla. La ración a medio guardar. Alguien en el Nivel 7 que todavía no sabía que la comida iba a dejar de llegar.
Zale no tenía forma de encontrarla. Un nombre entre miles de módulos sin número. Pero supo, con la misma certeza con la que leía una junta de presión, que iba a buscarla de todas formas.
Guardó el nombre donde guardaba todo lo que no podía reparar todavía.
Vinieron a vaciar la litera pronto. Corp ya había asignado un sustituto; para el registro, el Equipo Doce volvía a estar completo. Zale llegó antes que ellos.
Debajo del colchón, envuelta en un paño, encontró la figura. La cabeza y las branquias estaban pulidas; la parte inferior seguía atrapada en el bloque de resina, con una pata apenas marcada y la otra todavía sin forma. Eco la había empezado. No había llegado a terminarla.
Zale la sostuvo en la palma. Ámbar del Nivel 7, translúcida, lo bastante pequeña para cerrarla en un puño. No iba a dejar que la tiraran con lo demás.
Ya la terminaría él. No sabía tallar — medía, sellaba, reparaba — pero la terminaría de todos modos, aunque le quedara más recta de lo que Eco la habría dejado.
Durante los descansos de los tres turnos siguientes, la llevó en el bolsillo interior. Trabajó en ella cuando el barracón quedaba en silencio, retirando virutas mínimas con una herramienta de precisión. La primera noche quitó demasiado material de una pata y pasó una hora corrigiendo el apoyo. La segunda entendió que la resina no cedía como una junta: cada error permanecía. La tercera dejó de intentar que pareciera obra de una sola mano.
Cuando acabó, la cabeza seguía siendo de Eco: suave, redonda, hecha para hacer sonreír a alguien. La parte inferior era de Zale: más limpia, más recta, funcional. Entre ambas quedaba una unión mínima, visible al girarla bajo la luz.
No era la figura que Eco habría terminado. Pero llevaba las manos de los dos, y seguía siendo para Mira.

Al final del tercer turno, el niño del Nivel 7 se acercó. Le tendió media ración de comida.
—Toma. Por si hoy no te apetece ir a por la tuya.
—Gracias.
Se abrochó el pulsómetro de Eco en la muñeca. Recogió el casco y el Calibrador. Salió.
Sector 7-B. Donde reparaba juntas de presión antes de ser Diver.
No autorizado para personal de inmersión activa
Se detuvo frente al cristal reforzado que separaba la ciudad del abismo abierto. Solo necesitaba mirar hacia algún sitio que no fuera hacia atrás.
Zale, pequeño frente a la inmensidad negra del abismo. Sin HUD, sin traje, sin visor entre sus ojos y la oscuridad. Por primera vez lo miraba a cara descubierta.
Un recuerdo — el visor marcando, en aquel primer turno:
CLASIFICACIÓN: ORIGEN BIOLÓGICO
PROTOCOLO: NO REQUIERE ACCIÓN
Ya lo he visto antes. Dos veces. Nunca le hice caso.
El pulsómetro de Eco en la muñeca de Zale, marcando su propio pulso ahora.
En la distancia, en la oscuridad más profunda, el mismo destello naranja pulsó una sola vez. Breve. Esta vez, Zale no bajó la vista ni siguió caminando.
En su cinturón, el Calibrador de Eco — apagado desde que dejó de latir su dueño — parpadeó una vez. La aguja se movió medio grado hacia la derecha y se quedó ahí, temblando, como si algo la empujara desde el otro lado del cristal.
Zale bajó la vista. Volvió a mirar arriba. La aguja seguía desviada.
Sus ojos. No había miedo. Era la misma atención analítica con la que miraba una junta que todavía no había evaluado — pero por debajo, esta vez, había algo más.
El casco de Eco, todavía bajo su brazo. En la visera agrietada, un reflejo débil, naranja — el mismo destello que pulsaba fuera, recogido en el cristal roto.
El destello no volvió a pulsar. La oscuridad se cerró sobre sí misma.
Pero el Calibrador seguía marcando la desviación. Zale se lo quitó del cinturón. Lo sostuvo en la palma abierta. La aguja, medio grado fuera de su sitio, no volvía a cero.
Lo guardó en el bolsillo interior, junto al cuaderno.
Sabía lo que exigía el protocolo: cualquier anomalía de equipo se reporta a logística antes de veinticuatro horas. Lo había leído en la misma pantalla donde alguien clasificó la fuga del sector 7-B, hacía toda una vida, como «acción requerida: ninguna». Sabía exactamente qué iba a pasar si lo reportaba: alguien archivaría el dato, y la aguja desviada terminaría siendo una línea más en un informe que nadie miraría dos veces.
No lo reportó.
