
CAPÍTULO 4
Números de empleado
Tres semanas después de la admisión. Formación básica completada. Tercera jornada de tareas de equipo — todavía sin inmersión.

Final de turno. Zale y Eco colgaron los trajes Vector en los soportes de secado — gesto mecánico, ya repetido bastantes veces como para no pensarlo. Al fondo del vestuario, una pantalla de pared mostraba el cierre de turno.
CUOTA COMPLETADA: 94%
INCIDENCIAS REGISTRADAS: 0
PRÓXIMO TURNO ASIGNADO: 11:40h
Un oficial de Corp, tablet en mano, se dirigió a ellos antes de que salieran. Tono de recado, no de orden.
—Almacén necesita reposición antes del siguiente turno. Vector tiene un lote de trajes de mantenimiento pendiente de recoger. Nereid tiene munición de calibración. Repartíos el trabajo.
Eco levantó la mano antes de que el oficial terminara la frase.
—Nereid. Yo.
—Vale.
El oficial se fue. Eco sacó el Calibrador del cinturón y lo golpeó una vez contra la pared del corredor — gesto automático, el mismo de siempre.
—Nunca he estado dentro de ninguno de los dos talleres. ¿Tú?
—No.
—Ciento cuarenta y tres personas trabajan entre los dos. Solo los de élite llevan nombre en la placa.
Se separaron en una bifurcación del corredor. Dos carteles en direcciones opuestas:
CONFECCIÓN Y MANTENIMIENTO DE EQUIPO
TALLER NEREID — NIVEL 3, SECCIÓN ESTE
DISEÑO Y CALIBRACIÓN DE ARMAMENTO
Eco giró a la derecha sin dudar. Zale lo miró un segundo antes de girar a la izquierda.
El taller Vector era distinto al resto de Corp — menos frío, más artesanal. Herramientas de precisión colgadas en paneles ordenados por tamaño y función. Luz más cálida que en los corredores. El aire olía a material de sellado, denso, casi táctil.
Tres bancos de trabajo ocupados. Un maniquí de calibración con medio traje montado. Otro con un traje completo, etiqueta de serie colgando. Al fondo, una sección separada por una cortina translúcida.
Una mujer de mediana edad, manos con cicatrices finas de años de trabajo de precisión, ajustaba algo en el banco principal. Placa en el pecho del mono: EMP. 2098. No levantó la vista.
—¿Recogida de lote estándar?
—Sí.
—Ahí. Firma en el terminal.
Zale se acercó al lote, pero no fue al terminal todavía. Abrió uno de los paquetes. Sacó medio traje. Pasó la mano por la costura del hombro — el mismo gesto con el que tocaba las juntas de presión en el exterior de Vantis. La línea de refuerzo era regular, precisa, de máquina. Pero la capa debajo — la que absorbía el impacto — era más fina de lo que sus manos esperaban encontrar.
Giró la etiqueta de serie.
GROSOR CAPA REFUERZO: 2.1 mm
ENERGÍA DE IMPACTO ADMISIBLE: 180 J
HORAS OPERATIVAS HASTA REVISIÓN: 400
Cuatrocientas horas operativas. Se quedó un segundo en esa línea.
Repasó el resto del lote por costumbre. La mayoría, dentro de lo esperable. Pero el quinto traje tenía algo distinto: el sellado del hombro derecho no estaba fundido del todo. Un pliegue mínimo, invisible a simple vista, que sus dedos encontraron igual que encontraban corrosión bajo pintura.
Miró la etiqueta de asignación.
Alguien de su propio equipo. Una de las personas cuyo nombre todavía no había asociado a una cara.
Reportarlo por el sistema significaba que el traje llegaría a K., R. de todas formas, con una nota archivada que nadie leería a tiempo. Ya había visto cómo terminaban esos informes.
Cerró el paquete. Se lo llevó consigo, junto con el lote del equipo, en vez de devolverlo al banco.
La encontró en el pasillo de asignación, comprobando su propio equipo antes del siguiente turno. Complexión fuerte, manos ya callosas para alguien que llevaba tan poco tiempo como Diver. Levantó la vista cuando Zale se acercó.
—¿Vector te manda a repartir ahora?
—No. Esto es para ti.
Le tendió el traje quinto. Ella lo cogió, desconfiada.
—El sellado del hombro derecho no está fundido del todo. No lo va a marcar el escáner de admisión. Lo notarás tú, cuando ya estés dentro.
Ella pasó el pulgar por la costura, exactamente donde él había encontrado el pliegue. Tardó un momento en sentirlo.
—¿Cómo lo has visto?
—No lo he visto. Lo he tocado.
—¿Por qué te importa?
Zale no tenía una respuesta preparada para eso.
—Porque alguien tenía que decírtelo antes de que bajaras con él puesto.
Ella lo miró un segundo más de lo necesario.
—Ren.
—Zale.
—Ya sé quién eres. Todo el barracón sabe quién eres — el del Nivel 7 que entró sin equipamiento propio.
No sonaba a desprecio. Sonaba a dato.
—Voy a pedir cambio de traje. Diré que lo noté yo.
—Como quieras.
Zale se fue. No le pidió que ocultara de dónde había salido el aviso. Ella tampoco se lo prometió. Pero no lo contó.
Mientras la confirmación cargaba, algo al otro lado del taller le llamó la atención.
Detrás de la cortina translúcida, un traje distinto. Placas superpuestas de hadalita negra, pulidas hasta el brillo, con líneas de energía cian recorriendo cada costura. El casco era una cúpula lisa, sin abertura para los ojos — un visor ciego. El cuello, un grueso anillo de acoplamiento mecánico. Colgado solo, con espacio alrededor, como si necesitara respirar.
No era de talla ajustable. Estaba confeccionado para un cuerpo concreto.
Hecho para alguien específico.

Junto al traje, herramientas distintas de las del resto del taller — más finas, más nuevas. Un banco de calibración independiente con una pantalla encendida.
En la pared del fondo, junto a la sección del Phantom, una placa de metal con nombres grabados — funcional, un registro de servicio, no decoración.
VOSS, T. — Ciclo 6-11 (caído en servicio)
VOSS, L. — Ciclo 13-activo
El apellido sonaba vagamente — no sabía de dónde, pero lo había oído en algún corredor, en alguna conversación que no era para él.
MODELO: V-ELT-PHANTOM
GROSOR CAPA REFUERZO: 4.8 mm
ENERGÍA DE IMPACTO ADMISIBLE: 610 J
HORAS OPERATIVAS HASTA REVISIÓN: 2.200
ASIGNADO A: VOSS, L.
Zale leyó los números sin moverse de donde estaba. No necesitaba acercarse más. 4.8 contra 2.1. 2.200 contra 400. El mismo taller, la misma mujer confeccionándolos. Dos cifras distintas.
EMP. 2098 cruzó el taller hacia el traje. Su paso cambió — más lento, más deliberado. Se sentó en el banco de calibración, pasó la mano por la tela del pecho antes de tocar ninguna herramienta.
—Trata ese traje distinto que los demás. Voss — he visto el nombre en la placa.
Ella no se giró. Siguió calibrando.
—Es una Voss. Este no puede fallar.
Sin cambiar de postura, sin dejar la herramienta.
—Los vuestros, si fallan, hay otro detrás en la cola.
Silencio. Zale procesando. El zumbido bajo de la pantalla de calibración como único sonido.
Ella terminó el ajuste. Antes de colgar el traje de vuelta, pasó la mano por la tela una vez más — casi ritual.
—Yo llevé uno de los vuestros. Revisado rápido, como los de ahí.
Dejó de trabajar. Primera vez que sus manos se detenían del todo.
—Falló donde no debía.
No dijo nada más. Volvió a colgar el traje. Zale tampoco añadió nada.
—Gracias.
EMP. 2098 hizo un gesto mínimo con la cabeza. No levantó la vista. Ya estaba trabajando en otra cosa cuando Zale cruzó la puerta.
Eco entró en el taller Nereid como quien entra en un idioma que ya conoce. Más ruidoso que Vector, más caótico. Piezas desmontadas por todas partes. Bancos cubiertos de componentes en distintas fases de ensamblaje. Una estantería metálica al fondo, llena de lanzas terminadas en soportes verticales.
Se detuvo un segundo en la entrada. Sus ojos recorrieron la sala.
Catorce lanzas terminadas. Nueve en proceso. Tres herramientas en el banco del fondo que no conozco. Y un tipo hablándole a un arma.
EMP. 4471, hombre de mediana edad, gafas de aumento subidas a la frente, colocaba una lanza terminada en la estantería con un cuidado que no correspondía a un objeto de serie.
—...serie 07-119-K. Calibrada. Estable. A dormir.
Eco, desde la puerta, sonriendo — reconocía el gesto como algo que él mismo hacía con el Calibrador.
Eco se detuvo junto a la estantería de lanzas terminadas. Antes de tocar nada, golpeó el Calibrador contra una de ellas — suave, preciso. Escuchó.
—La calibración del tercer anillo está un cuarto de tono alta. Se nota en el rebote — vibra 0.3 segundos más de lo que debería si el equilibrio fuera perfecto.
EMP. 4471 lo miró. Cogió la lanza. La comprobó con su equipo, tomándose su tiempo.
—¿Cómo has sabido eso?
—Por el eco. Todo tiene un eco si sabes escuchar.
4471 dejó la lanza. Miró a Eco como se mira a alguien que habla tu idioma en un sitio donde nadie más lo habla.
En la pared opuesta, dos prototipos sin funda descansaban bajo un rótulo de desarrollo. No tenían número de serie operativo. Sus hojas oscuras conservaban una línea azul apagada incluso desconectadas.

Eco señaló los prototipos.
—¿Y esas?
—Thalassa. Todavía no salen del taller. Cuando lo hagan, alguien olvidará quién corrigió el primer equilibrio.
Eco miró de nuevo la lanza que 4471 acababa de comprobar.
—¿Le habla a las lanzas?
EMP. 4471 se giró. Sin vergüenza alguna.
—Cada una lleva mi calibración. Si no le hablo, no sé si me he despedido bien de ella antes de que se la lleve alguien que ni sabe su número de serie.
Eco entró del todo. Se detuvo en un banco con una lanza estándar abierta — el dial de calibración tenía un componente extra, soldado a mano, que no coincidía con la ficha estándar.
La soldadura es manual. Estaño de baja fusión, no el compuesto Corp. Alguien ha añadido esto por su cuenta.
—Esto no es de fábrica. ¿Qué es?
EMP. 4471 dudó un segundo — sorprendido de que alguien lo detectara por la soldadura.
—Regulador de retroceso progresivo. Lo presenté hace dos años. Clasificado como «no prioritario». A veces lo instalo, lo pruebo, se lo quito antes de que salga del taller. Para que al menos funcione una vez.
—Eso es una mierda.
EMP. 4471 se rio, corto, genuinamente sorprendido.
—Es la primera vez en dos años que alguien lo dice en voz alta y no solo yo por dentro.
Antes de que Eco saliera, añadió, casi al desgaire:
—Si algún día tienes rango, pide el regulador por su nombre. Modificación 4471-R.
—Me acordaré.
Salió. En el corredor, se detuvo un segundo. Sacó el Calibrador. Lo golpeó una vez contra la pared exterior de Nereid. No midió nada. Era solo puntuación.
La misma bifurcación. Zale llegó primero, lote de trajes bajo el brazo. Eco apareció desde la dirección contraria un momento después, lote de munición en la mano.
—¿Qué tal Vector?
—Raro.
—Nereid también.
Caminaron juntos. Unos pasos en silencio.
Los dos caminando, cada uno con su lote de equipo estándar, alejándose por el corredor. Al fondo, los dos carteles — VECTOR a la izquierda, NEREID a la derecha — apuntando en direcciones contrarias.
Ninguno de los dos dijo nada más. No hacía falta.
