
CAPÍTULO 8
Lo que el cuerpo ya sabía

Ocho días después de la orientación. Primera inmersión operativa — registro oficial número uno.
El abismo abierto, fuera de Vantis. Un visor con el emblema Vector recién grabado, sin arañazos todavía.
PROFUNDIDAD: 9.340 m
PRESIÓN: 94.0 MPa
O2 RESTANTE: 94%
Primera inmersión real como Diver. Zale junto a una estructura de anclaje Corp. A su lado, Eco — mismo traje Vector, el Calibrador colgado del cinturón, el LED verde parpadeando de forma intermitente.
—¿Sabes cuántos anclajes de este tipo lleva instalados Corp en este sector? Doscientos once. Yo los conté del informe.
—¿Por qué cuentas eso?
—Porque doscientos once anclajes iguales y ninguno lleva el mismo desgaste. Alguien debería preguntarse por qué.
Zale se detuvo. Miró el perno con más atención. No estaba asentado igual que los otros tres. La desviación era de menos de tres grados — invisible para el escáner, evidente para los dedos.
—Este no está asentado igual que los otros tres.
—¿Cuánto?
—Menos de tres grados. El escáner lo pasaría.
—Pero tus manos no.
Zale empezó a corregir el perno.
Mientras corregía el perno, algo en la roca junto al anclaje llamó su atención. Medio metro más allá, parcialmente cubierta por sedimento, una marca en la roca. No era corrosión: alguien la había tallado. Dos trazos en ángulo, como una uve doble a medio cerrar, de un verde apagado apenas visible contra la piedra hadal.
No pertenecía a ningún código de Corp que Zale conociera. Estaba tallada a mano, no impresa.

Zale la miró tres segundos. La grabó en la memoria. No dijo nada — Eco seguía silbando contra la estructura, concentrado en su propia lectura. Siguió trabajando.
Eco silbó contra la estructura — una nota, otra, escuchó.
—El rebote es más corto en la sección norte. La estructura es más densa ahí, o hay algo detrás que la está comprimiendo.
La voz de coordinación por radio:
—Equipo Doce, la cuota del sector K-3 va retrasada. Prioridad es extracción, no inspección.
—Traducción: si paramos, logística pierde cuota —murmuró Eco por canal privado.
Siguieron trabajando. En algún momento — Zale no supo exactamente cuándo — el sonido se apagó a su alrededor, la misma caída de volumen de siempre, y una presión sorda le cruzó las palmas. Un cable de anclaje cedió. No se rompió: cedió. La diferencia era que romperse hacía ruido y ceder no. Zale lo sintió antes de verlo — no un pensamiento, una tensión que reconoció en el cable igual que reconocía la tensión en una junta de presión. Vio la trayectoria que tomaría al soltar, vio dónde estaría Eco en medio segundo.
Se movió antes de pensar. Agarró a Eco del hombro y lo tiró hacia atrás. El cable pasó por donde Eco había estado un momento antes.
Silencio. El cable balanceándose. El sedimento asentándose.
Eco lo miró a través del visor. 71 ppm. Ni un latido más.
—Gracias.
—No me agradezcas. He visto el cable.
—No. Lo has visto antes de que cediera. No es lo mismo.
Zale no supo qué responder a eso. El HUD parpadeó brevemente — una lectura que apareció y desapareció antes de que pudiera leerla del todo. Algo térmico. +0.2°C. Sin clasificar.
No le dio importancia. Volvió al trabajo.
De vuelta en el barracón, Eco se quitó el casco. Lo miró un momento.
—Oye. Lo del cable. Como se lo cuentes a alguien voy a parecer el que no controla.
—No voy a contárselo a nadie.
—Bien. Gracias, en serio.
Zale abrió el cuaderno. Escribió:
Cerró el cuaderno. Apagó la luz. En la litera de al lado, Eco ya dormía. El Calibrador en el suelo, el LED verde parpadeando en la oscuridad del barracón. Junto a la almohada, algo pequeño y fuera de lugar — una figura tallada a mano en resina ámbar del Nivel 7, lo bastante pequeña para sostenerla en una palma, translúcida, que atrapaba la poca luz del barracón.
